lunes, 7 de noviembre de 2011

Día de Perdices


Cuadro de Miguel Sosa

Día de perdices.
A mi hermana Quecha, con cariño.

Cumplir el antojo de comer las exquisitas perdices “a la española” que preparaba nuestra madre era motivo de diversos ritos y no pocos gritos.

Ni bien inaugurada la temporada de caza, el macho proveedor sacaba de su hermosa caja de suela la exclusiva escopeta de doble cañón de Saint Etienne, Francia, además de un pringoso maletín de reno donde se guardaban mechas, cepillos atornillables, baquetas y aceite. Parecía karma del piano de mamá de ser el único lugar adecuado para poner el famoso maletín con el consiguiente soponcio y furia de la fémina custodia del hogar.

Luego de limpiar y aceitar debidamente el arma se procedía a preparar los cartuchos que eran fabricados por nuestro padre -con la espectante cooperación nuestra- con  grueso cartón rojo con base de bronce donde iba el fulminante. La pólvora venía envasada en unas llamativas botellas de lata color rojo y que de acuerdo a la idílica inocencia de esa época prácticamente eran de libre venta pues sólo había que firmar en un libro consignando su destino. Se la medía, al igual que las municiones, con una especie de dedal y se apretaba el tapón con una prensita especial. Con la debida pompa y respeto se colocaban los tiros en una canana de suela que en su sagrado momento el Tartarín de Tarascón cruzaría sobre su pecho, adquiriendo una prestancia digna de figurar en el panteón de los íconos de la Revolución Mexicana.

Es sabido que bajo ninguna circunstancia se debe descuidar el cuerpo y , para no pasar necesidades, un gentil morral ofrecía sus sevicios: pollo fiambre, huevos duros, charqui y aceitunas se codeaban con un par de botellones por si daba sed.

Con la lógica de esa época, ningún caballero hubiese pensado en cargar un morral, por más prometedor que fuese, así es que debía acompañarse de un espolique bien dispuesto a quien la salida le significaba ganarse el día aliviadamente, compartiendo vituallas y algún poco de vino ya que se cuidaba mucho la temperancia del sirviente.

El día anterior se amarraba al perro perdiguero que generalmente andaba enamorado y sin remordimiento hacía total abandono de sus deberes. Y así, con todos los frentes cubiertos, al rayar el sol, partían los monteros.

Como a las cinco de la tarde regresaban con las perdices en el morral, las viandas desaparecidas y con el vino trasegado, iniciándose el capítulo casero.

Se destripaba a las aves dejándolas colgadas de las patas en la despensa, por un par de días. Luego se pelaban y las plumas más finas iban a parar a una barrica destinada a juntarlas para un hipotético y nonato plumón.

Cuando mamá entraba a la cocina, comenzaban los tiritones de las empleadas pues generalmente ella se limitaba a disponer el menú diario metiéndose con ollas y peroles únicamente para cocinar platos finos, no recuerdo cazuelas o porotos salidos de su mano. Cuando llegaron las vacas famélicas (las flacas hubieran sido de exposición), ayudaba a Julia la borrachina empleada de antología, a ser unas exquisitas empanadas porque salían muy económicas para atender a hijos y nietos.

Volviendo a las perdices, se aliñaban y se picaban cebollas, zanahorias y pimiento morrón, dejándose en adobo hasta el día siguiente. Muy temprano se ponían en un rincón de la cocina a leña para que hirviesen muy lentamente a fin que el aceite impregnara bien la pechuga que es muy seca.

Mamá, con las velas desplegadas, daba periódicas vueltas a revisar el cumplimiento de sus órdenes, y ¡guay! si la olla estaba dando un borbollón más entusiasta de lo permitido, ese crimen de lesa majestad de permitir que una olla “hirviese a todo galope” ameritaba una andanada de cañonazos verbales que hubiesen dominado una batalla.

Al día sigueinte, reposadas y frías se servía las aves en cuidadoso reparto, procurando que todos tocásemos un trozo de pechuga, la que generalmente traía de sorpresa una munición que ponía a prueba la calidad y firmeza de diantes y muelas.

Y ahí estaba el epílogo de tanta labor, uan mesa bien dispuesta, el pater familiae con una porción mayor, cumplido su rol ancestral de macho proveedor, la madre cuidando de la prole y el perro feliz con su comida de huesitos tiernos asegurada.


Irma Rodríguez Nuss
Villa Alegre, primavera de 2011

1 comentario:

Mónica Alvarez Lama dijo...

Muy linda la historia de las perdices.En mi familia también hemos tenido experiencias como ésta.Es bueno ir registrando por escrito las memorias de familia.
Un saludo cariñoso para Ud.