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lunes, 7 de noviembre de 2011

Congreso Eucarístico en mi Pueblo


Congreso Eucarístico
Irma Rodríguez Nuss
Octubre 2011

In illo tempore, a raíz del gran congreso eucarístico de más o menos los años 40 ó 41, por la época en que murió don Pedro Aguirre Cerda, hubo una verdadera fiebre congresal, así es que el párroco decidió que nuestro pueblo no tenía por qué ser menos que Talca o Linares y organizó el de Villa Alegre.

Como primera medida, se citó a los notables, en general de escasa asistencia a misa, pero bien dispuestos a colaborar con medios que contribuyeran a conseguir un espacio celestial cuando arribaran donde san Pedro. De la lechería de los Noguera, llegaron quesos, mantequilla y leche, por supuesto don Pepe Diéguez aseguró el pan y el ex-alcalde Serafín Gutiérrez ofreció casa y atención para obispos y sacerdotes. El vino no era problema, asi es que con las necesidades del cuerpo solucionadas, se podía empezar a pensar en las del espíritu.

Se hicieron diversas comisiones cuyas presidencias exigieron un delicado equilibrio en la importancia de los candidatos, exigiendo al Párroco acudir a toda la diplomacia vaticana para evitar un temprano aborto de la convocatoria.

Mamá desempolvó su pergamino de concertista y le fue adjudicado sin oponentes el honor de sacar las melodías que pudiese de un vetusto armonio que de acuerdo a sus venerables años padecía de renguera, tablas sueltas, ahogos, flatulencias y un asma incontrolable.

Para engalanar los arcos de bienvenida, las palmeras pagaron su tributo quedando como plumero viejo.

Notable era la oposición formada por el boticario ateo, un socialista declaradamente agnóstico y un empleado público radical y masón, de cuyas casas siempre salía olor a azufre y más de una vez se había visto la sombra de un macho cabrio, según aseguraba doña Emeteria, hábil rezadora, impagable en velorios de angelitos* o adultos. Estos avistamientos eran puestos en duda por muchachones, nietos de Judas, quienes juraban que se producían al regreso de los mejores velorios donde se le prodigaba la atención debida a su garganta pra que no fallara en las encomendaciones.

Los herejes vaticinaban un estrepitoso fracaso, mas, para su vergüenza, todo fue resultando muy bien; las viejas rezadoras se lucieron con las antiguas plegarias y peticiones; las procesiones mantuvieron un orden encomiable ya que se acató la orden “de una sola caña” para entonar el cuerpo.  Se presentaron varias ideas para mantener las buenas costumbres. Mi hermana Sylvia se lució con una moción que sugería que las jóvenes católicas debían actuar en sociedad ejemplificando con su buen juicio y piedad, idea que no todos aprobaron pues eran de opinión de que las niñas solteras debían ser de su casa sin distracciones mundanas que podían inducirlas al pecado.

Para la misa de clausura se había comprometido la asistencia del obispo de Talca, monseñor, Manuel Larraín Errázuriz, de abolengo, cultura e inteligencia extraordinarias. Ignoro si era incapaz de apreciar la buena voluntad, o por último la situaciones jocosas, pero recuerdo a mamá de lo más inspirada tocando, entre jadeos y estertores del armonio, el adagio del Claro de Luna, cuando el obispo imperiosamente le dijo: _¡Pare! Es que la música era profana y él lo sabía.... ¿Se revolcará en su tumba don Manuel oyendo el tamboreo y huifa actuales?

Pasó el congreso, las pocas viejas que iban a misa diaria lo siguieron haciendo, al igual que los que no íbamos nunca; el arpa, momentáneamente desterrada del salón del cura volvió a su mundano rincón; las hojas de palma tuvieron una última y feliz actuación al barrer las calles del pueblo por los borrachos que había caído presos y se les sometía al escarnio público.

Y en su debido momento, cuando les llegó su hora, el masón, el boticario y el socialista llamaron al párroco y se fueron confesados, con el escapulario en el pecho, como debe ser, y luego del velorio de sus casas doña Emeteria vió huir un enorme y misterioso perro negro.....

viernes, 25 de marzo de 2011

Unidad Popular II, desabastecimiento de artículos básicos

A poco correr empezaron los problemas gordos, se requisaron fábrica e industrias, se conoció el desabastecimiento, las colas y la exaltación de gentuza que se veía y sentía con poderes absolutos. Pretendieron sectorizar a la gente, por barrios y manzanas para controlarlas con los víveres, ponían a delegados a su cargo y como las siglas eran JAP (Junta de Abastecimiento Popular), se les decía japientos o japuchentos. El delegado de la manzana nuestra era un conocido y me dio una cartilla de racionamiento por tres kilos de pan, como les dijera que yo no compraba tanto, me dijo “no importa porque pues cuando no haya para esa cantidad, usted tendrá seguro lo necesario”

Se compraba lo que se pillaba, dándose el absurdo de acaparar menestras en cantidades que jamás se habían comprado en tiempos normales. A Iván no le gustaba el arroz así es que a lo sumo gastaría un par de kilos al mes; al final de la pesadilla upeste tenía un saco de ¡80 kilos! El trueque era corriente y quien tuviese artículos de primera necesidad, tenía asegurado su bienestar.

Muy problemático era criar niños; toda la parentela se dedicaba a juntar leche y alimentos para mi hija mayor que tenía recién nacido a B. Los pañales era otra historia, habían intervenido la textil Viña que eran los únicos fabricantes de pañales de gasa y las fábricas de Hirmas o Yarur ya no funcionaban para fabricar lienzo. Como se pasaban en reunión de comité planificando la “nueva economía del pueblo”, este se sentía gerente dueño de la fábrica y no tenía para qué trabajar.

La gente hacía colas frente a las panaderías o almacenes durante toda  la noche. Llegaban varios integrantes de una familia para asegurarse el abastecimiento y lo que les sobraba, lo trocaban o vendían. Había "profesionales de las colas" delimitando espacios con una vara  larga que ocupaba varios lugares en las filas que luego vendían a quien no quisiese o pudiese hacer la cola. 

Como es muy del espíritu del chileno, luego se establecía una alegre complicidad y brotaban la puyas contra los “termocéfalos” (así se les decía) que nos gobernaban. Cuando mi marido iba a ver a mi hija, llevaba de regalo…. ¡una maleta con pan!

Había momentos de jolgorio y muchos de franco y amargo heroísmo. No puedo dejar de recordar la llegada a protestar de los mineros a la Alameda. Era un día de lluvia y ahí se venían esos hombres recios y machotes en el mejor sentido, caminando desde Rancagua, arriesgando vida, salud y trabajo, tratando de hacer entender al borrachín que era el Presidente Allende, que el pueble no estaba con su camarilla. Al desoír al chileno auténtico, Allende empezó a caminar hacia su fin.

Un día al amanecer estaba en la cola del pan (pese a la tarjeta JAP había que hacerla) y pasó un camión que llevaba tres o cuatro hombres de pasajeros y empiezan a gritar ¿no les gustó votar por Allende, viejas de mierda? Ahora aguanten! Y en esto quedan en pana y sale la poblada de mujeres a cobrarles el insulto. Ni supieron como saltaron del camión sacándolo en volandas; para su fortuna, la calle tenia un fuerte desnivel así es que luego tomó velocidad y desapareció del alcance de las furiosas damas.

Más o menos el 20 de agosto hubo un mitin de mujeres frente a la Universidad Católica y fuimos las cuatro de la casa, bien armadas por si acaso, una de las niñas llevaba un cable de centralilla telefónica terminado en una clavija de acero y en mi cartera llevaba un ladrillo. Quedamos convenidas que en caso de “guanaqueo” (carros lanza-aguas) arrancaríamos a la casa de unos parientes cercanos del lugar. Con pena recuerdo que un grito de guerra era “Allende, proceda, imite a Balmaceda”. Lejos estábamos de suponer que al mes siguiente sería una triste realidad.

Cuando íbamos a la reunión, una señora anciana y muy modesta preguntó al chofer si pasaba por la Católica y cuando se sentó, unos muchachones empezaron a decir en alta voz que iban a darle la fleta a todas las viejas de la reunión; entonces, la Sra., con una dignidad impensada, se volvió a ellos y les dijo:”Sí, usted me puede pegar porque es hombre y yo soy vieja, pero cuando lo haga, piense que otro le pega a su abuelita que le daba pancito y le enseñó a rezar”. Ahí mismo tuvieron la decencia de bajarse.

En ese tiempo lo que iba a ser el metro era un canal abierto donde no se avanzó ni medio cm en los tres años, pero era el proveedor de piedras para las marchas de protestasy los tubos servían de refugio en la rupestre batalla.

Cuando había mucho lío, iba a buscar a mi hijo menor al colegio, y nos veníamos a pie, lejos de la Alameda para evitar los gases que no dejaban ver n i menos respirar y ni siquiera en la noche se podía estar tranquila pues no faltaba el “compañero” (así se nombraban entre ellos) que diera noticias de su existencia haciendo gárgaras con el juguetito con gatillo repartido con generosidad. 

Una señora en Talcahuano que se “consiguió”, pues las cosas no se compraban, se conseguían a cambio de otras, un saco de azúcar cubana, se llevó el susto de su vida con la yapita que venía en su interior… un AK no sé cuánto.

Allende fue alejado de la realidad por la camarilla comunista, ellos gobernaban y se limitaban a asegurar que el descontento popular era orquestado por la ITT y la CIA. No puedo saber cuánto bebía, pero yo lo vi en una cadena nacional de TV sentado arriba del escritorio de la presidencia columpiando los pies tartajeando un “compañeros” con trabazón de mandíbulas propia del borracho ¡y soy experta en medidas de etilismo! Lo vi yo y por eso lo cuento.

Fuera de los comunistas, ayudaban a su aislamiento los GAP (Grupo de Amigos Personales), grupo paramilitar que le custodiaba y andaban armados de metralletas en unos autos FIAT azules. La única vez que le divisé, casi me atropellan por salir a toda velocidad del garaje, frente a Morandé 80.

Todos estábamos hasta la coronilla con el desorden, el abuso, el mercado negro y la incertidumbre del futuro, con amenazas de una reforma extraña en la educación que desde el nombre prometía días peores “ENU” (Escuela Nacional Unificada). Asesinaron, entre otros, a un cadete de la Escuela Militar por andar de uniforme, fue un mexicano rápidamente expulsado a su país. Héctor Lacrampettre Calderón era el nombre del cadete, a quien, fuera de su familia, probablemente nadie recuerde.

Fue un tiempo duro y amargo, de un costo humano terrible, con héroes y villanos, el cual, un 80% de las personas deseaba que terminara y recibió con júbilo el 11 de septiembre y quien diga lo contrario es un canalla mentiroso.

La Unidad Popular I, comienzan los problemas

Unidad Popular, así se llamó el conglomerado gobiernista, integrado por comunistas, socialistas y radicales.

Una vez que salió Salvador Allende de presidente, los más informados y con medios, se fueron del país, permitiendo a quienes tenían dinero hacer la pesca milagrosa de grandes propiedades y diversos bienes liquidados a vil precio. Con pena recuerdo que el español don Blas, donde compraba el pan, me ofreció una propiedad en la parte norte de Maitencillo en Eº50.000, lo que luego equivaldría a $5.000, oferta que perdimos por la cautela de mi marido.

Para el cambio de mando hubo grandes festejos como de costumbre. De países comunistas mandaron delegaciones y nunca olvidaré el shock que tuve y el escalofrío premonitorio que sentí ese día al ver parado en la escalinata de la Biblioteca Nacional a un barbón en uniforme verde oliva, con boina y metralleta al brazo, artefacto este que infortunadamente se ha convertido en parte del paisaje urbano pero que en ese tiempo era símbolo de circunstancias terribles así es que no se veían corrientemente… hasta entonces. No soy dada a adjudicarme premoniciones pero cuando lo vi pensé ¿qué nos irá a pasar ahora? Y abracé a mis hijos menores con quienes andaba y eran niñitos.


Once de septiembre de 1973. Caída de Allende


Para quienes tenemos buena memoria, el 11 de septiembre seguirá teniendo especial relevancia y jamás olvidaremos las reales causas que provocaron este terrible quiebre en la vida de tantas personas y todo lo que cuenten para tergiversar la historia vale para los ignorantes y malintencionados que son demasiados.

Allende fue un personaje de gran ambición de protagonismo más que de poder ¡y vaya que lo logró! Por tres veces salió derrotado y cuando logró la presidencia dejó hacer y pasar lo que sus socios comunistas quisieran.

Antes de la elección del democratacristiano Frei Montalva, hubo una elección complementaria y salió por amplia mayoría un diputado de apellido Naranjo lo que hizo que se retirara Julio Durán, candidato de la derecha, para que sus votos pasaran a Frei y así nos vimos obligados a votar por este personaje que a causa de sus ambiciones personales permitió que el socialista Allende fuese ungido, dando base para todo lo que vino después. Toda mi vida me he arrepentido de haber votado por ese tipo.

El cálculo de Frei fue que Allende y su camarilla iban a hacer un gobierno tan desastroso que a la próxima elección se volvía a presentar de candidato y regresaba a gobernar en gloria y majestad. Luego, en la debacle apoyó el pronunciamiento militar y estaba radiante mandando recados a los milicos para encabezar el gobierno pero se quedaron con las ganas y ahora niegan y reniegan de su real apoyo inicial, pero ahí están los documentos indesmentibles y la Historia y la Verdad ya tendrán su hora.

Fiestas Patrias de mediados del siglo XX








Desde siempre recuerdo la celebración del 18, antiguamente con mucho jolgorio y una real integración ciudadana. Por supuesto no faltaban ramadas y juegos populares siendo el palo ensebado, la principal atracción, pues en su remate había un codiciado billete de $10. Había campeones de artimañas para hacerse de aquella mágica suma que tal vez les permitiría comprar algo de carne, una camisa, sintiéndose héroes por un día y con poder para gastar algo en las fondas. Los conocedores dominaban los trucos, no se apresuraban por ser los primeros en competir pues sabían que nadie lo lograría al primer intento y así se aseguraban de tener bastante limpia la base del palo. Cuando ya estaba en su punto atacaban los campeones, previamente bien revolcados en la tierra para tener adherencia y descalzos trepaban como monos. 

Era ordenanza pintar las casas, lo que no acarreaba gasto pues se hacía una lechada de cal con paleta de tuna y las puertas y ventanas se pintaban con azul añil, usado en el lavado para dejar más luciente el blanco. 

Para las señoritas pudientes era casi de rigor estrenar vestidos. Queña Urrutia, una amiga mayor de mi suegra, contaba que a principios del siglo 20, junto con llegar septiembre estrenaban vestido de seda y zapatos blancos. El punto negro de estas fiestas ha sido desde siempre las borracheras con las secuelas que esto trae. Al calor de los tragos se armaban unas peleas espantosas que se resolvían rápidamente a combos y navajazos. 

Tengo muy vívido el recuerdo de haber visto a un hombre a la vera del camino con un ojo en la mano, chorreando sangre mientras lo contemplaba incrédulamente. Ahora están más civilizados, se matan con droga o autos desbocados  en vez de cuchillos, usan revólveres directo a la cabeza. 

No faltaba el desfile. Como no era muy fácil conseguir la banda de la Escuela de Artillería, se echaba mano a lo que había, los boy scouts con sus pitos y tamboriles con un jefe que tenía una corneta, marcaban el compas con todo su juvenil brío. Total casi todos los mayores habían prestado el servicio militar así es que tenían la marcialidad en el ADN. Los escolares limpios y ordenados pues se corría la voz y llegaba alguien con shampoo, jabón, etc.

No había uniformes, las niñas usaban un delantal blanco y los muchachos usaban pantalón corto hasta bien avanzada la pubertad. Desfilaban los huasos, los seis carabineros (no necesitaban estar de servicio pues nadie se desmadraba en ese momento) los taxista, los carabineros jubilados, los tractores y colosos con jovencitos que aprovechaban la ocasión para darle agarrones a las muchachitas.

miércoles, 28 de julio de 2010

Veinterriales, lecturas y suscripciones, educación difícil



Esta versión de Heidi NO es la que yo leía, pero es la que conocieron mis nietos

Como podría olvidar a un personaje de nuestra niñez que apodaban “El Veinte Reales” y que pronunciábamos como “veinterriales”. Era una persona que parecía sacada de un cuento. Le faltaba un brazo y medio pie así es que usaba una especie de zueco de suela y la manga de la chaqueta le flotaba, hirsuto de mechas, de ojos rojos, perpetuamente a medio filo, furibundo, llegaba al infierno cuando se le daba su mal nombre (si es que tenía uno cristiano nunca lo supimos) montaba una mula tan mañera como su dueño, que espoleaba con furia cuando con Wanda y el Chalo, desde la seguridad del portón de nuestra casa, le gritábamos “Veinterriales-veinterriales”, al mismo tiempo que le hacíamos “las tamañas” como se les decía a la denigrante seña cabalística pero cuyo significado, ignorábamos totalmente.

El “Veinterriales” negociaba en animales y arrendaba un potrero vecino a nuestra casa y nuestro único temor era encontrárnoslo en el camino y que nos correteara con su mula de pesadilla. Decían que había perdido sus miembros en un accidente provocado para que el FFCC le pagara. Vaya uno a saber la verdad.

Según sé su mote se debía a la ocasión en que se fue a emplear y al tratar el sueldo ofertado -15 PESOS- pero él dijo que se ocupaba por arcaicos "veinte reales", sellando su destino y sepultando su nombre cristiano.
***

En nuestra casa había abundancia de libros. Eran ediciones económicas de la editorial Nascimiento o Ercilla pero que nos permitían estar al tanto de las últimas novedades literarias. Los autores de ese tiempo no se refocilaban en descripciones altamente eróticas así es que eran aptas para todos público. Había escritores de primera fila como Kipling, Stevenson, Dostoiewski  o Mark Twain y muchos que eran de menos fama pero buenos como Maugham, Cronin y muchos que se me escapan.

Teníamos suscripciones de revistas para todas las edades. “Margarita”, “Familia” y “Paral té” eran de mamá: “Roji-Negro” y “El Peneca” eran de Olito, mi padre, esta última muy disputada con el elemento infantil,

Quecha recibía una de formato pequeño llamada “Aventura”. El Tito recibía el “Popular Mechanics” editado en castellano y cuando salió el “Readers”, pese a ser un instrumento de propaganda según Olito, no se dejaba de comprar.

Imposible  no recordar la desaprensión de nuestros padres respecto a nuestras andanzas. Salíamos a los potreros, nos bañábamos en calzones en cualquier acequia, comíamos fruta verde con sal, pasábamos frente a perros desconocidos sin asomo de miedo. Éramos los “chiquillos chicos” de quienes no había por qué preocuparse.

Mis hermanos Wanda y Chalo eran especialmente cerriles, yo era más reservada, me gustaba aislarme a leer y leer lo que caía en mis manos. Muchas partes no entendía y me desagradaba que en lo único en que pensaran fuera en el amor pues lo encontraba una lata. Entre los autores para niñas de 12-15 años, edades aún consideradas de niñez, había autores como Delly –escribidor de novelitas rosa con puras ladies muy puras- ¡cómo caería muerto otra vez si resucitara! Florence Barclay, de empalagosos novelones pero más aterrizados; Eugenia Marlit, alemana de fines de siglo 19, con lindas historias. Johanna Spiry, no recuerdo cuanto, con Heidi sin cachetes colorados ni "Abuelito dime tú", pero encantadora e inolvidable, leída en arriendo constante en las monjas alemanas.

Clases sociales del campo chileno. Servicio doméstico.

Seguimos con los recuerdos de mi madre que de otro modo se perderían. Ahora le toca a una meditación que no se daba cuando sucedía porque a nadie le importaba demasiado. Las cosas no eras seccionadas como ahora, y si bien hubo injusticias establecidas, también hubo bondad, preocupación y sobre todo una relación más humana, poco comprensible con parámetros actuales.

Este prólogo es mío. Ale.


No podría olvidar el profundo respeto de toda la gente hacia nosotras por el sólo hecho de ser “las señoritas” o para nuestros trabajadores “las patroncitas”. Niñas y niños podían andar por caminos despoblados o por los potreros sin que se nos pasase por la mente que hubiese algún peligro en la persona, ni siquiera en la mirada del hombre que pasaba –incluso borrachos decían, perdone patroncita como voy y se sacaban el sombrero- una contestaba –gracias, siga su camino. 

Visto con ojos actuales esa servidumbre les coartaba sus potenciales de voluntad pero quienes les despojaron de ella, sólo les dieron a cambio un discurso de odio, codicia, envida y amargura que no les aportó más que el paroxismo de ira en que reventó todo.

Ahora, con algo de sociología, sin poder jactarme de mucho conocimiento, podemos pensar que nací en una clase agraria media-alta. Íbamos a colegios de pago de primer nivel, nuestra ropa era de muy buena calidad, raras veces de géneros nacionales, exceptuando paños de Bellavista-Tomé. Teníamos una casa elegante, la vajilla francesa “Blue de roí”, cuchillería Christofle y cristalería Val Saint Lambert. Los amoblados aún se pueden apreciar en las casas de los descendientes. 

Con abundante servidumbre: había una cocinera, una niña de mano o sea, la que hacía aseo, camas y servía a la mesa. Para los niños estaban las nanas encargadas de vestir, mudar, dar de comer y hacer dormir al infante, la Carmela era la de Wanda y Rosa Gutiérrez, la del Chalo. El mozo de los mandados tenía asignado un caballo y se encargaba de picar leña, bombear agua del pozo y acarrearla a la cocina, lavar los patios y sacar la leche.  Por si fuera poco, había una cocinera de los trabajadores que funcionaba fuera de la casa. 

Cuando se necesitaba iba la Laura a coser sábanas, calzones, manteles de cocina, vestidos, en fin. Así éramos pero nadie se fijaba en esas categorías y uno era sencillo sin ser amigo pero sin altanería sabiendo cada uno su lugar. 

Es cosa de estos tiempos la estratificación tan feroz que se ha instalado en la mente y corazón de la gente. La ropa se mandaba a lavar fuera y había una lavandera para la ropa de los niños y otra para la de la casa y adultos, se pagaba por docena y era una cuenta muy alambicada  pues una sábana eran dos piezas, cuatro servilletas = 1 pieza y los monstruosos manteles de la mesa eran 4 piezas. Confieso que yo no hubiese lavado a mano y planchado esos inmensos manteles a menos que hubiese sido otro el trato pero esas pobres mujeres aceptaban el trato corriente pues mi madre no era abusiva con la servidumbre, al contrario, siempre fue una pionera de la cuestión de la ayuda social.

Higiene, regalos navideños, hospitalidad campesina, ropa rústica

Continuando con la serie "Recuerdo que..." hago la segunda entrega de los recuerdos de mi madre. Ella los escribe a mano y mi hermana Pía los transcribe para subirlos. YO, con la venia de mi mamá, retoco algunos términos que pueden ser confusos, o algo de la sintaxis o puntuación por el mismo motivo, pero hecho con todo respeto para la autora.


Recuerdo también lo no tan idílico ni bucólico -el desaseo de la gente- niños hirsutos llenos de piojos con los mocos colgando. Pese a las deficiencias de la educación pública, a lo largo de los años  ha logrado inculcar hábitos de higiene y deseo de vivir de un modo más decente. 

¿Podría olvidar a los niños de 1 a 3 años vestidos con una camisola de lona harinera, “pioncos” o sea sin calzón ni pañal haciendo sus necesidades donde les viniera en gana sin complicaciones de ropa que lavar? A veces era necesidad y muchas otras solamente flojera de madres chasconas y abúlicas esperando que el marido trajese “la ración” o sea el litro de porotos  guisados que se les entregaba en su lugar de trabajo a la hora del almuerzo. Muchas otras sí se preocupaban de sus casas, siempre afanando en su huerta donde no faltaban las coles para mejorar los porotos, acelgas, cebollas, ají, ajos y cilantro. En sus gallineros proliferaban los pollos y gallinas de cogote pelado con justa fama de ser buenas madres, también las trintres o sea con las plumas desordenadas que les daba un aspecto crespo y divertido. 

Recuerdo con afecto su sencilla hospitalidad campesina, al llegar siempre ofrecían agua con harina tostada servida en unos vasos grandes llamados “potrillos”. Tenían unas toscas banquetas y unas mesas que eran un cajón azucarero vuelto al que añadían patas. Cubrían la mesa con una carpeta de lona harinera, artículo proveedor de infinidad de prendas del ajuar hogareño. De ahí salían sábanas y fundas, camisas y calzoncillos, enaguas, toallas y calzones, delantales, manteles, cortinas y más de alguna mortaja. 

Esas bolsas eran de algodón de muy buena calidad, así es que duraban mucho, la desventaja podía ser que en la intimidad se leyera “molino tal” en el trasero del dueño de los calzoncillos, que eran de pierna larga, atados con una tira al tobillo, sin marrueco ni botones. En el delantero tenían una pieza triangular que se ataba a la cintura con una tira. 

Sé estas interioridades masculinas del bajo pueblo pues mamá -antes que doña Juanita de Aguirre Cerda, Primera Dama de la Nación , empezara dar regalos para Navidad- se les regalaba a los trabajadores camisas y calzoncillos, pero de fábrica, sin el alegre logo posterior. Eran de un grueso género llamado tocuyo, además un cartón de cigarrillos “Gangas”. Las camisas eran cuadrillé de colores vivos, sin cuello, sólo con una pieza abotonada por cuello. A las mujeres se les regalaba un corte de percal para blusa, un kilo de yerba mate y un kilo de azúcar; a las niñas unas muñecas bastantes feecitas de cartón piedra y a los varones, pelotas y para todos, dulces y a cada familia un paquete de carne de cazuela.